Por: Oscar Santana.

El gremio de los coteros, al igual que el de los vendedores ambulantes, los lustrabotas y otros empleos informales luchan día a día por mantener un estilo de vida, llevando consigo necesidades, adversidades y muchísimos factores que influyen en que sean personas de carácter duro, que ven la vida desde un punto de vista totalmente distinto al nuestro.
Sin duda alguna el transporte de carga es el que mueve el país; los vehículos pesados recorren la mayoría del territorio nacional con distintas mercancías a varios destinos; lo que casi nunca nos preguntamos es qué o quiénes se encargan del descargue de estos vehículos, y es allí donde entran en escena estos personajes: los coteros, gente común y corriente que deriva sus ingresos del cargue y descargue de los camiones que llegan a sus destinos, esa es su definición básica. Pero aunque sea difícil de creer hay un escalafón; al principiante se le llama “Boleador”, él se encarga de colocar la carga en el hombro del compañero, por ahí es por donde se comienza en este tipo de trabajo; luego le sigue, en orden de importancia, el que “desarruma” la mercancía y la ubica para que sea recibida; posteriormente está el que transporta al hombro la caja, el bulto, o lo que sea hasta el lugar de almacenaje; y en el último lugar, en lo alto del escalafón está el “encarrador”, en esta persona radica el éxito de la labor, pues es el que se encarga de acomodar todo en el espacio destinado sin ocupar más de lo necesario, no importa si tiene que llegar casi hasta el techo el arrume que esté haciendo, lo primordial es hacerlo bien, pues un “arrume” o una “plancha” mal elaborada se puede caer y como pasa en cualquier tipo de trabajo “el que rompe paga”, añadiéndole que de pronto alguien puede salir lesionado.

A ellos no los reúne ningún tipo de agremiación, asociación, cooperativa, sindicato. Nada. En algunos casos las empresas transportadoras tiene en su haber, por decirlo así, una base de datos de coteros a los cuales llaman cuando es necesario; los contactan y les informan en qué lugar de la ciudad deben esperar el camión para acompañarlo hasta su destino y descargarlo; al terminar se deben dirigir a la empresa y allí les remuneran los servicios, eso si la propina es voluntaria por parte del camionero. Para el resto de los mortales que se dedican a esta profesión la cosa se pone más difícil; se ubican en las esquinas de las zonas industriales a esperar a que lleguen a buscarlos para trabajar.
En Bogotá, en lugares como Fontibón, Corabastos, Bosa y la zona industrial de la calle 8ª con carrera 34 es donde se ubican; de alguna forma su presencia hace que estos lugares sean seguros, pues están pendientes de quien entra o sale de las bodegas, almacenes y restaurantes, cuidan porque la zona no se vuelva insegura, pues al ver algo sospechoso reaccionan de inmediato. El diario vivir para ellos es una cuestión de suerte o una “marea” como denominan cuando hay trabajo “hay días en los que nos buscan por todos lados para el descargue y toca hacer rendir el día lo más posible… hay facilito se puede hacer uno hasta 80 mil pesos en un día, eso sí, hay que camellar en forma, un carro tras otro, no queda tiempo ni para almorzar; en cambio hay días que no llega nada y es uno aquí parado, sin hacer ni siquiera para el almuerzo, muchas veces hasta tres días con la aguja pegada… por ningún lado llega camello” , dijo Jaime, de 40 años, con cuatro hijos y esposa, este hombre de mediana estatura pero de contextura gruesa me contó que lleva toda su vida dedicado a lo mismo, que no ha trabajado en otra cosa distinta a descargar camiones, y eso se nota, pues en sus brazos y parte de su cara hay cicatrices que le han dejado su dura profesión. En ese momento, cuando Jaime y sus compañeros se divertían recordando el “top 10” de las historias de las “bulteadas” que les ha tocado hacer llegaron a buscarlos para bajar una carga de 10 toneladas; de inmediato salieron los cuatro que conforman el grupo, quitaron la carpa, la enrollaron para guardarla en su puesto bajo la carrocería del camión y a trabajar. Por las 10 toneladas les pagaron $80.000, bien pago, según ellos porque estaba fácil y no tocaba caminar mucho; en esta operación le quedó a cada uno $20.000.

TARIFAS.
En esta profesión no hay un sueldo fijo o una tarifa establecida por el servicio prestado, en este caso la constante es primero negociar con el dueño de la carga o con el camionero, dependiendo de la cantidad de peso, el número de personas a utilizar, la distancia entre el carro y la bodega; “descargar un carro entre más de cuatro personas no es negocio, solamente cuando hay que caminar mucho desde el carro hasta donde está el arrume hay si aguanta… por que se cobra un poquito más, pero cuando es bien cerquita y no es mucho peso lo hacemos entre dos, el mismo que desarruma me acomoda la carga en la espalda y la llevo y la arrumo yo mismo, hay nos queda más billete, pero la volteada es brava”, dijo Jaime mientras que destapaba una estiba de la carga del camión. “un promedio diario de sueldo no hay, pues como hay días buenos también los hay malos, pero lo normal es de 25 a 30 mil pesos al día o a veces nada”
Y LA SEGURIDAD?
Gracias a que no cuentan con un trabajo definido en una empresa, y a pesar que algunos son llamados por las mismas para trabajar, no cuentan con la correspondiente afiliación a una EPS o ARS, solamente tienen al SISBEN, que los atiende en salud más no en riesgos profesionales, y ellos sí que corren riesgo; contado por ellos mismos, en varias oportunidades, algunos de sus colegas de oficio han sufrido accidentes en los que se lesionan los brazos, las piernas e incluso la cabeza, teniendo que asumir ellos mismos los gastos médicos, y por si fuera poco tener que pagar lo que se halla dañado, a sabiendas que la carga muchas veces esta asegurada.
